
Cuando digo que los vínculos hablan de ti es porque, en buena parte, podemos entender a una persona a través de los vínculos que es capaz de establecer con otros y consigo misma. Son como un espejo en el que te puedes mirar. Por eso los psicólogos siempre se han interesado por ellos, al ser una fuente de salud y felicidad, pero también de mucho sufrimiento. Y es que saber entender como nos vinculamos es algo fundamental en cualquier vía de desarrollo personal.
Los vínculos y el tipo de apego son cosas muy relacionadas, si bien cuando hablamos de apego hacemos referencia sobre todo al tipo de vínculo emocional profundo que un niño/a mantiene con sus padres y cuidadores en los primeros años de vida y que luego también influirá en el tipo de vínculos que desarrollará en el futuro con otras personas. Hoy, en este artículo, no me voy a centrar en el apego, ya que es algo que desarrollé en un artículo anterior de este Blog: El apego y las relaciones
Los vínculos omnipresentes
Lo primero a comprender es que no es posible no tener vínculos, siempre existen de alguna forma, ya sea con personas, animales u otro tipo de “objetos” (externos e internos). El vínculo es un elemento clave, no sólo porque el “objeto” es el lugar hacia el que se dirigen las pulsiones, los deseos o la afectividad, sino también por ser un aspecto esencial para la supervivencia y la adaptación al medio tanto social como natural. Tal es así que en los trastornos psicológicos, sobre todo en aquellos más graves, los vínculos suelen estar muy deteriorados, bien por haber mucho aislamiento o evitación sin causas actuales que lo justifiquen; por ser de naturaleza “extraña”, “paradójica” o contradictoria; por tratarse de vinculos muy regresivos con relación a la edad del sujeto; por conllevar una alta carga de desconfianza, conductas agresivas, menosprecio, manipulación o silencio; por basarse en déficits narcisistas muy arraigados; por su excesiva superficialidad; por mantenerse en base a emociones como la culpa o el miedo; por la extrema necesidad de control, dominio o dependencia; por implicar relaciones muy intensas, impulsivas o dramáticas; por la existencia de celotipia, etc. En este sentido, los vínculos pueden ser problemáticos tanto por defecto como por exceso, y sobre todo por el tipo de función psicológica por la que se mantienen.
Las motivaciones del vínculo
Más allá del vínculo que uno establece consigo mismo, algo muy importante para entender la psicología de una persona, los seres humanos mantenemos vínculos y relaciones con otros por distintos motivos, siendo algunos de esos vínculos elegidos y otros no. Existen los vínculos familiares, por amor, amistad, interés o conveniencia, los adscritos a una actividad (por ejemplo, en el ámbito del trabajo, etc.) y algunos de ellos también se mezclan entre sí. Aunque sea posible elegir los vínculos que mantenemos, sobre todo a medida que vamos creciendo y madurando, en ocasiones esos vínculos nos vienen dados por las circunstancias vitales que atravesamos o bien continuamos en ellos por inercia, necesidad o por motivaciones inconscientes desconocidas. Hay vínculos que son reales, auténticos, pero otras veces uno se mantiene en ciertos vínculos no ya por amor, conexión o simpatía, sino por la educación moral recibida, por no herir al otro, o por necesidades de todo tipo (de afecto, sexo, reconocimiento, dominio, dependencia, etc.). Para muchos psicólogos, por ejemplo, para Enrique Pichon-Rivière, todo vínculo siempre está marcado por las fantasías, las necesidades y las pulsiones inconscientes, así como por los roles que se adoptan en base a ello. Por eso, a la hora de establecer una relación con un “objeto”, el sujeto mantiene realmente dos vínculos al mismo tiempo: uno externo con el “objeto” en sí y uno interno con la fantasía inconsciente que va a ser proyectada en el “objeto” y que va a marcar el tipo de vínculo y el rol que se establece.
Vínculos sanos e insanos
Lo cierto es que existen vínculos que son sanos y otros insanos o tóxicos. Eso también se verá influenciado por el tipo de vínculo que se trate (si es un vínculo familiar, de pareja, amistad, etc.), pero de forma general los vínculos sanos se basan en el respeto mutuo, la confianza, la reciprocidad, la flexibilidad, la comunicación y la responsabilidad afectiva. A su vez, todo vínculo sano requiere la existencia de límites, es decir, que cada persona pueda mantener su propia identidad. Por tanto, no hay “fusión” ni alta dependencia.
Un vínculo se vuelve insano cuando acaba provocando conflicto reiterado y sufrimiento, o cuando su función psicológica limita la salud mental y las posibilidades de desarrollo de alguno de sus miembros. Es decir, cuando deja de basarse en el reconocimiento, el cuidado, la reciprocidad y el crecimiento mutuo, para empezar a sostenerse desde todo lo contrario (la ignorancia del otro, la falta de cuidado y reciprocidad, la dependencia, las exigencias, las imposiciones, la manipulación, cualquier tipo de maltrato, etc.).
Si queremos mantener un sano equilibrio mental, es muy deseable poder elaborar los vínculos que tenemos para poder transformarnos. ¿Somos capaces de vincularnos?, ¿de qué manera?, ¿en qué se basan esos vínculos?, ¿qué función cumplen?, ¿para qué los queremos?, ¿nos proporcionan el equilibrio que realmente necesitamos?, ¿podemos dar al otro lo que necesita?, … estas son algunas de las preguntas que podríamos hacernos. Pero su contestación no siempre es fácil, pues en ocasiones requiere de un trabajo de elaboración, de claridad, de “insight”.
El aspecto más importante de un vínculo es que sea auténtico y que cumpla con las condiciones mínimas para que pueda considerarse un vínculo sano y constructivo. Aunque pueda resultar difícil, no hay que mantenerse en vínculos insanos o tóxicos, hay que saber salir o poner límites a un vínculo cuando éste ya es una dinámica destructiva o cuando carece de todo sentido o autenticidad.
En resumen, la existencia de déficits o problemas importantes en los vínculos es algo cada vez más habitual en nuestra sociedad y es un indicador muy fiable de necesidad de psicoterapia. Hoy en día, además, las redes sociales están afectando mucho al tipo de vínculos que se tienen, con un impacto significativo a todos los niveles en la salud mental. Aunque esa creciente digitalización pueda tener aspectos positivos, ya hay muchos estudios sobre el impacto negativo general que tienen las redes sociales, así como sobre la fragilidad, inestabilidad, falsedad o toxicidad de los vínculos que se establecen en ellas.
Siempre digo que en el ámbito de los vínculos es preferible una terapia hablada de cierta duración, donde la relación terapéutica y el trabajo con los vínculos adquiera un papel central a la hora de mejorar la forma de vincularse. Por eso los tratamientos de corte integrador, humanista o psicodinámico serían, bajo mi punto de vista, las opciones más indicadas.
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