Los procesos de identificación e idealización son importantes para comprender mejor la psicología humana, ya que son hitos fundamentales para la constitución del Yo. Es necesario que esos procesos de identificación e idealización se vayan equilibrando durante el desarrollo en una perspectiva más realista que permita llegar a tener una identidad y autoestima real, así como relaciones más sanas.
Desde hace mucho se sabe que la identificación es crucial para la formación de la mente y el desarrollo de la personalidad, ya que el Yo se construye a partir de una suma de identificaciones, por ejemplo, con “objetos” deseados, amados o perdidos. Como la personalidad no es estática, ésta se va moldeando a través de sucesivas identificaciones, desde las primeras relaciones con las figuras paternas, cuidadores u otras personas significativas a lo largo de la vida. Durante ese proceso de identificación, una persona asimila características, aspectos o rasgos de otra (u otras) en la construcción de su propia identidad. Son una serie de internalizaciones y apropiaciones psíquicas que pueden generar cambios importantes en el individuo, al permitirle transformarse parcial o totalmente, y según el modelo de referencia que se trate. Por ejemplo, permite al niño/a afianzar su identidad, mediante la internalización de ciertos significados, conductas y normas.
Freud y luego otros psicoanalistas distinguieron fundamentalmente tres tipos generales de identificación:
- La identificación primaria: es la forma inicial de relación que tiene el bebé con el mundo, el fundamento de la mente y previa al proceso de diferenciación. Es el tipo de identificación más temprana y directa, muy vinculada con los padres o cuidadores.
- La identificación secundaria: esta ocurre más tarde y ya presupone un Yo primitivo establecido. El individuo va incorporando rasgos o características específicas de otra (u otras) personas, y su Yo se modifica en función de eso. Los ideales, prohibiciones, conductas y las normas de las personas significativas son internalizados. Sería una identificación fundamental en la formación del “Superyo” (la conciencia moral).
- La identificación terciaria: sería un tipo de identificación más asociada con lo imaginario del otro, es decir, basada en rasgos fantaseados que generan una conexión y un “contagio” particular con el otro. Por ejemplo, este tipo de identificación se observaría en ciertas dinámicas de los grupos y en algunos trastornos psicológicos.
Jacques Lacan posteriormente retomará los conceptos freudianos, pero poniendo un énfasis especial en el papel que tiene el lenguaje y lo simbólico. Para él, los aspectos clave en la identificación son:
- El estadio del espejo: sería la primera forma de identificación, en la que el bebé se identifica con su imagen (reflejada en el espejo, o bien a través de la mirada del otro). Esta primera identificación daría lugar al Yo.
- La identificación simbólica: esta sería la identificación esencial para la entrada en la cultura (es decir, en lo social). El sujeto se identifica con los significantes del otro (el lenguaje, la ley, las figuras paternas simbólicas). La persona se identifica con lo que Lacan llama la función paterna (el Nombre del Padre), que en definitiva sería la ley que estructura los límites y el deseo.
- La identificación como alineación: para Lacan, toda identificación sería una forma de alienación, ya que el sujeto se construye a partir de algo externo a sí mismo (una imagen, un significante). El Yo es, por tanto, una construcción precaria y fragmentada.
Por su parte, la idealización es un mecanismo donde se sobrestiman las cualidades de otra persona u “objeto”, elevándolo a un estado de perfección idealizada. Los niños al principio idealizan a sus padres, lo que les proporciona modelos de referencia internos y un sentido necesario de seguridad. Por eso una cierta dosis de idealización es un proceso normal, especialmente en las fases iniciales de las relaciones, para que se produzca la vinculación. Sin embargo, ese tipo de identificación se vuelve problemática cuando es rígida, persistente e impide una evaluación realista de la realidad y de los demás, conduciendo posteriormente a problemas de funcionamiento, decepciones y dificultades interpersonales.
El mecanismo de la idealización también puede dirigirse hacia uno mismo, de manera que se sobrestiman las cualidades que uno tiene sin considerar los aspectos de mejora. Esto también supone el perder la conexión con la “realidad”, con las consecuencias que se derivan de ello, y es algo que suele aparecer en gran medida en los trastornos narcisistas.
La persona que idealiza no percibe al otro de forma realista, sino que le atribuye características exageradamente positivas (es una visión fantaseada del otro). Al idealizar a alguien, se cubre un vacío, se evita la confrontación con la realidad y con la posibilidad de sufrir un conflicto o decepción, es decir, esa confrontación con la falta inevitable. Esto sirve para protegerse de la ansiedad, de la inseguridad, de las carencias afectivas o de los conflictos internos, al proyectarse los propios ideales sobre el “objeto” amado y, al mismo tiempo, atribuirle ese rol de “ideal”. En este sentido, la idealización es considerada un mecanismo de defensa psicológico.
Freud vinculó la idealización con la formación de las instancias psíquicas del “Superyó” (la conciencia moral) y el “Ideal del Yo”. Para Freud este “Ideal del Yo” se forma originalmente a partir de la idealización de las figuras parentales y de las expectativas sociales, sirviendo como un modelo de referencia al que el Yo aspira. Así, podemos decir que Freud puso mayor énfasis en la influencia de las figuras paternas, pero es un proceso que no tiene que limitarse a estas.
Para Melanie Klein la idealización tiene una importancia central, y concretamente en el desarrollo infantil temprano (si bien no debemos olvidar que los procesos de idealización pueden continuar a lo largo de la vida). El bebé, al ser al principio incapaz de integrar los aspectos buenos y malos del “objeto” (del pecho materno, por ejemplo), lo escinde en un “pecho bueno” (idealizado, proveedor) y un “pecho malo” (no proveedor, que frustra al bebé). La idealización del objeto “bueno” protege al yo primitivo de la angustia generada por el objeto “malo” y los impulsos agresivos asociados. No es de extrañar que en algunas patologías la idealización a menudo vaya de la mano de la devaluación, y se convierte en un aspecto central del tratamiento.
Para Lacan, por su parte, la identificación con un objeto idealizado puede contribuir a la formación del “Yo Ideal” (lo que el individuo aspira a ser para recuperar la completud narcisista, y que sería algo que pertenecería al plano de lo imaginario) así como a la formación del “Ideal del Yo” (lo que el individuo debe ser, la ley, la parte moral, que pertenecería al plano de lo simbólico). Así, vemos que existe siempre una relación entre el ideal, el deseo y los aspectos morales. El llamado “Gran Otro”, como parte de la formación del Yo, es un ideal del Yo propio no alcanzado, de ahí esa relación del ideal con el narcisismo.
La idealización se puede producir asociada a personas y a otro tipo de “objetos” (por ejemplo, a conceptos o creencias) y en múltiples ámbitos (en las ideas políticas, religiosas, en el enamoramiento, en relación con ciertas actividades, etc.). Incluso en un contexto terapéutico el paciente puede idealizar al analista como parte de la transferencia, reviviendo patrones de relación infantiles no cerrados y reactivando emociones y necesidades inconscientes. Es muy importante que este proceso, en caso de aparecer, sea analizado y elaborado durante las sesiones. Analizar esta transferencia es básico ya que puede funcionar como una resistencia o bien como una oportunidad para explorar las necesidades de amor, dependencia y otras actitudes, así como las propias dificultades del paciente para reconocer la realidad del otro.
Podemos concluir que la identificación y la idealización son procesos normales en la psicología humana, que influyen significativamente en la identidad, la adaptación y el cambio. Pueden desempeñar un papel importante en el desarrollo personal y en la transformación de un individuo. Sin embargo, también pueden indicar problemas a nivel psicológico y producir mucho sufrimiento, pues el Yo no sólo se aleja de lo “real” de los otros y el mundo sino también de la parte más auténtica de uno mismo. Por todo ello, en una terapia es importante también trabajar en algunas ocasiones con las identificaciones y las idealizaciones, de manera que la persona pueda conocerse mejor y elegir conscientemente aquello con lo que quiere quedarse y aquello de lo que prefiere prescindir, para llegar a ser más realmente ella misma.
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