HUMANO DEVELOPMENT autoexigencia y excelencia

Entender y saber cómo gestionar la emoción de vergüenza es un tema de interés al abordar algunos trastornos de ansiedad. Muchas personas experimentan vergüenza por cometer un error y quedar expuestos frente a los demás, al interactuar con otras personas, al hablar en público ante un auditorio, u otras tantas situaciones.

La vergüenza siempre implica a “la mirada del otro”, al juicio que creemos pueden realizar los demás sobre nosotros, y este juicio puede aparecer por nuestras características físicas, intelectuales o sociales. Esta emoción está muy ligada a la identidad, y surge cuando la autoimagen ha quedado, o puede quedar, en entredicho. El foco de atención es el Yo, y concretamente la discrepancia entre el Yo (lo que somos, o más bien, lo que creemos que somos) y el Yo Ideal (lo que hemos de ser, o queremos ser).  

 Como explico en mi libro  “Conoce tu ansiedad y aprende a gestionarla”, la vergüenza puede ser una emoción adaptativa o patológica. En la vergüenza hay un lado funcional o positivo: puede mostrarnos nuestra vulnerabilidad, algo que podemos desarrollar o bien que es mejor aceptar de nosotros mismos. Además, la vergüenza nos ayuda en la autorregulación social y en la prevención de conductas inapropiadas. Sin embargo, la vergüenza patológica se caracteriza por su frecuencia e intensidad o bien por su clara ausencia. Todos hemos podido conocer a personas con mucha vergüenza y sin vergüenza.

No tener vergüenza nos habla de una falta total de límites o consideración hacia los demás. Cuando se experimenta vergüenza, pero ya es una emoción patológica, el auto-juicio que se realiza es a la persona globalmente, a su ser, y no al hecho o situación concreta que produce vergüenza (por ejemplo, dar un traspiés y caerse delante de un auditorio). Así que esta emoción puede tener un lado muy disfuncional o negativo: ya sea cuando hay omnipotencia y una necesidad excesiva de admiración (algo muy presente en los trastornos de tipo narcisista), o bien cuando esa vergüenza es tan implacable con uno mismo que merma la autoestima y la capacidad de acción (su forma más habitual en los trastornos neuróticos). El caso es que las heridas narcisistas hacen sufrir mucho y la vergüenza se convierte en una emoción altamente disfuncional cuando la persona se vivencia a sí misma desde una autoexigencia extrema o como un fracaso del ser, al basarse éste en estándares o ideales personales de tipo grandioso.

Lo interesante es que los ideales pueden convertirse en unos ideales tiranos, unos ideales llenos de exigencias, que no saben de límites y de la propia vulnerabilidad, unos ideales muy poco compasivos con uno mismo. Y es que en las personas donde se produce una fuerte brecha entre su yo y su ideal suele aparecer una alta ansiedad, que puede manifestarse de muchas formas (por ejemplo, a través de la vergüenza), como si, al no reducirse esa brecha, valiesen muy poco como seres humanos. Y es que, cuando la imagen de uno mismo carece de límites claros, nos adentrarnos en el terreno del exceso de vergüenza o la falta de vergüenza.

Los problemas con la emoción de vergüenza pueden aparecer en distintos tipos de trastornos psicológicos, por ejemplo, en la ansiedad social, el trastorno de pánico, algunos trastornos de personalidad y en los trastornos de la alimentación. La ausencia de vergüenza es más común en la alexitimia o el trastorno antisocial.

Las causas de la vergüenza

La emoción de vergüenza puede tener múltiples disparadores: cuando se cometen errores o se infringen convenciones sociales, cuando nos exponemos a la mirada de los demás y fantaseamos con ello, cuando nos comparamos con los otros y no se cumplen nuestras expectativas personales, etc. Lo interesante es que existe una interrelación muy fuerte entre nuestros pensamientos, emociones, sensaciones y conductas. Podemos sentir vergüenza por las sensaciones que notamos en el cuerpo (por ejemplo, el corazón más acelerado al dar una charla en público) y por los pensamientos que aparecen (“lo haré mal”, “no lo conseguiré”, “se darán cuenta”, etc.). A su vez, algunas conductas para manejar la situación mantendrán esa emoción (la realización de ciertos rituales, evitar las situaciones, consumo de sustancias, etc.).

Las causas lejanas de la vergüenza patológica suelen estar en la infancia, en los vínculos de apego y las experiencias vividas. Hay algunos estudios que muestran que el maltrato emocional por parte de los padres (el rechazo, insultos u otras agresiones verbales) o la negligencia emocional (la carencia de sentimientos amorosos o la ausencia del suficiente apoyo afectivo), o bien una disciplina férrea y la utilización de palabras que producen vergüenza, pueden ser factores importantes en un desarrollo patológico de esta emoción.

En otras personas es posible que se haya producido un evento traumático generador de vergüenza (por ejemplo, acoso escolar o “bullying”), o incluso que se hayan combinado las causas, por ejemplo, un entorno familiar severo junto con ese evento traumático.

También puede suceder que no se hayan producido maltratos durante la infancia ni existan eventos traumáticos significativos, pero que si haya claros déficits en el proceso de socialización. 

Lo que sí es interesante es que detrás de la vergüenza a menudo podemos encontrarnos una gran necesidad de autoafirmación, de reconocimiento, por una brecha en la imagen de uno mismo que se originó en el pasado, o bien por una imagen idealizada de nosotros que no tiene por qué pertenecernos.

Cómo gestionar la emoción de vergüenza

Para saber cómo gestionar la emoción de vergüenza, si esa emoción ya nos está ocasionando problemas, es importante poner el foco en los cuatro componentes fundamentales de la autorregulación emocional (el cuerpo, las emociones, los pensamientos, y las conductas). Aunque la historia personal puede explicar los orígenes de los problemas con la vergüenza, y permite elaborar y resignificar ciertas experiencias importantes, es trabajando con esos cuatro componentes como lograremos unos mejores resultados.

Lo primero sería conectar con el cuerpo y reconocer las sensaciones físicas que produce la emoción de vergüenza. Lo segundo es llegar a aceptar esas sensaciones, pudiendo distinguir entre su parte real y fantaseada.  El mindfulness de conciencia corporal y emocional, junto con algunas técnicas de respiración y relajación, pueden ser herramientas útiles para enfrentar situaciones que funcionan como detonantes de la emoción de vergüenza (por ejemplo, participar en algunas reuniones sociales).

Por otro lado, el trabajo con las creencias irracionales, los sesgos cognitivos, las distinciones y el autoconcepto es una parte central en cualquier psicoterapia de corte integradora. Todos sabemos que nuestras emociones se mantienen por el tipo de pensamientos que tenemos. Así, por ejemplo, si una persona siente vergüenza por creer que va a hacer el ridículo ante los demás, es fundamental trabajar con su tendencia a magnificar, a centrarse en los aspectos negativos de la situación, a reaccionar emocionalmente ante lo que siente en su cuerpo.

Creo interesante que nos detengamos en algo. Si una persona siente vergüenza es que hay dos aspectos de uno mismo presentes en esa emoción: el “yo avergonzador” (el que juzga) y el “yo avergonzado” (el juzgado). El reto de esa persona que siente vergüenza es que no es capaz de integrar ambos aspectos de sí mismo para llegar a un equilibrio. Para ello, lo primero sería identificar la situación que produce vergüenza (por ejemplo, acudir a una primera cita), y conocer cómo uno imagina que reaccionará la otra persona en esa situación. Lo segundo, sería comenzar un diálogo entre el “yo avergonzador” (por ejemplo, “no vas bien vestido” y el “yo avergonzado” (por ejemplo, “no soy una persona elegante”), en el que ambos puedan hablar de sus sentimientos e intercambiar sus respectivos roles y necesidades. Y lo tercero sería conseguir que ambos “yoes” pidan al otro aquello que necesiten para alcanzar un equilibrio como funciones complementarias. 

Por último, para gestionar la vergüenza una parte fundamental es cambiar los comportamientos de tipo mecánico que mantienen la emoción: abandonar ciertos rituales para manejar la vergüenza, dejar de consumir sustancias, dejar de evitar las situaciones que producen vergüenza, etc. En este sentido, conseguir la exposición a las situaciones que producen ansiedad y vergüenza sería un aspecto central en un tratamiento que conlleve esos objetivos (por ejemplo, hablar en público, acudir a ciertas reuniones, entablar una conversación con una persona, mirarse en un espejo, etc.).

En Humano Development sabemos acompañarte en la gestión de tus emociones. Contáctanos y cuéntanos que necesitas. 

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Cómo gestionar la emoción de miedo

 

 

 

 

 

 

 

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