HUMANO DEVELOPMENT autoexigencia y excelencia

La culpa es una emoción que se desarrolla a partir de las interacciones sociales y la internalización de las normas morales desde la infancia, y de ahí que sea interesante conocer y saber cómo gestionar la emoción de culpa.

La emoción de culpa puede tener una función adaptativa o bien patológica. En este último caso, es habitual encontrarla en algunos trastornos psicológicos como, por ejemplo, las obsesiones, la depresión, los trastornos alimentarios y el estrés postraumático. Esta emoción, sin embargo, brilla por su ausencia en otros trastornos psicológicos graves como es el trastorno antisocial o psicopatía.

La culpa suele ser una emoción centrada en el pasado, en lo ocurrido, y supone un juicio o valoración negativa sobre nuestros comportamientos, pensamientos o sentimientos. Cuando esa emoción se vincula a la valoración que hacen otras personas de nosotros solemos llamarla “vergüenza”. Además, la culpa suele asociarse también a otras emociones, como por ejemplo la ira o la tristeza, pues hay personas que experimentan culpa al sentir esas emociones. También es posible que esa emoción aparezca junto al miedo, por ejemplo, cuando no se consiguen los resultados u objetivos deseados, es decir, cuando no se cumplen las expectativas que uno tiene. Por eso la culpa también suele estar vinculada a la autoexigencia.

Como explico en mi libro  “Conoce tu ansiedad y aprende a gestionarla”, la culpa surge cuando sentimos que nuestras acciones (ya sean actos, pensamientos o sentimientos) han provocado (o pueden provocar) un daño a otras personas, afectar a la relación con ellas, o bien por omisión cuando ciertas acciones que considerábamos como necesarias no se llevaron a cabo. La culpa está íntimamente vinculada a nuestros valores y normas morales (lo que debo ser y hacer), y es más frecuente que aparezca en nuestra interrelación con las personas que amamos. Esta emoción es un producto derivado de los vínculos afectivos y del llamado “Superyó” (la conciencia moral), un aspecto de nosotros que se fue formando desde la temprana infancia. Cuando el Yo no consigue ejercer bien su papel de mediador entre el “Superyó” (la conciencia moral) y el “Ello” (el mundo del deseo y las pulsiones) y sus respectivas demandas, se producen conflictos entre esas instancias psíquicas o aspectos de la personalidad que pueden derivar en un sentimiento de culpa.

La culpa puede experimentarse de forma consciente, como rumiación y arrepentimiento, o bien de forma inconsciente, como un malestar difuso, y eso impulsa a la persona a buscar algún tipo de reparación o incluso de castigo.

El caso es que la culpa cumple su función psicológica y por ello no puede considerarse como una emoción negativa o positiva. Cuando es una culpa funcional, se trata de una emoción consciente y reparadora (ayuda a resolver un problema), se basa en hechos (comportamientos concretos) y está delimitada en el tiempo. Sin embargo, cuando la culpa es disfuncional, tiene un alto componente fantaseado, y se apoya en unos valores o normas morales que actúan como creencias nucleares adquiridas, a la vez muy rígidas y que perduran en el tiempo. En principio, el sentimiento de culpa suele estar centrado en una acción concreta (por ejemplo, “yo hice eso mal”), y no en mi valor como persona. Pero cuando la emoción es tal que abarca a la persona en su globalidad, a su identidad (por ejemplo, “yo soy un inútil” o “yo soy un egoísta”) entonces tiene un gran poder destructivo. Por ello, en la culpa es importante distinguir entre el “ser” y el “hacer”, entre el “error” y el “fracaso”.

En definitiva, la emoción de culpa sería funcional cuando es útil para corregir comportamientos, motivándonos a reparar los daños y a aprender de lo sucedido. Sin embargo, la culpa es patológica cuando se intensifica, se generaliza y nos impide avanzar.

Las causas de la culpa

La culpa puede surgir por muchas razones: cuando se infringen reglas morales, éticas o sociales internalizadas, cuando se ha provocado un daño real o fantaseado a otras personas (es decir, incluso si son pensamientos o sentimientos no materializados), cuando no se cumplen las expectativas personales, o incluso como resultado de la comparación con los demás. Y esa forma de evaluar los propios actos, pensamientos o sentimientos, dependería fundamentalmente de los esquemas, sesgos, atribuciones y creencias que tengamos. Y eso muchas veces tiene que ver con nuestra historia personal y el grado de desarrollo psicológico.

Como he comentado más arriba, la culpa tiene buena parte de su origen en el “Superyo”, es decir, en los aspectos introyectados de la cultura, los padres u otras figuras significativas que sirvieron como modelo a lo largo del desarrollo, y los cuales incluirían todo tipo de conductas, normas y adoctrinamientos interiorizados poco a poco por el niño sin haber sido lo suficientemente digeridos. Ese desarrollo moral inicial se produce a lo largo de la infancia, y los padres (u otras figuras relevantes) pueden ser excesivamente exigentes y rígidos en la educación, provocando unos sentimientos de culpa que luego siguen acompañando a la persona adulta. A veces, incluso, se producen maltratos o abusos que, aunque parezca extraño, generan grandes sentimientos de culpa en la persona que los sufre.

También hay que tener presente que existen personas muy dependientes y/o manipuladoras que son especialistas en hacer sentirse culpable a los demás. Normalmente se trata de personas con un claro rol de víctima, o por el contrario con un rol dominante, que te hacen sentir mal porque no atiendas todas sus demandas, deseos y necesidades. Las personas narcisistas también suelen generar sentimientos de culpa en los demás. 

Es importante comprender que una cosa es la conciencia de haber errado y la disposición a reparar, y otra muy distinta es mantener en el tiempo un sentimiento de culpa. Ese sentimiento puede llegar a ser simplemente un mecanismo para parchear una situación o no asumir la responsabilidad que se pueda tener en ella. Paradójicamente, tener sentimiento de culpa puede permitir a la persona sentirse aliviada o evitar comprometerse con algo. Por otro lado, a veces los valores que tiene una persona pueden surgir como una forma de manejar un conflicto (desarrollando valores contrarios a los deseos que estén en juego). Así, puede haber un conflicto inconsciente no resuelto, y que detrás de esa culpa exista mucho dolor y otras emociones que se mantienen ocultas (por ejemplo, la ira). En ocasiones, ese sentimiento de culpa se aplaca con defensas psicológicas como la represión, el aislamiento o la proyección de la culpa en los demás.

En definitiva, la culpa y las acciones que se llevan a cabo por ella cumplen una función psicológica que hay que conocer. Pues sólo desde los auténticos valores y la visión clara de las cosas como son puede surgir una acción más consciente y genuina, algo que no requiere de un sentimiento de culpa. Por ello es importante distinguir entre “culpa” y “responsabilidad”. Esta última siempre conlleva el ser consciente de las situaciones, hacerse responsable de uno mismo y del impacto de las propias acciones.

Cómo gestionar la emoción de culpa

Para saber cómo gestionar la emoción de culpa desde una perspectiva integradora, cuando ya esa emoción nos ocasiona problemas, conviene atender a los cuatro componentes fundamentales de la autorregulación emocional (el cuerpo, las emociones, los pensamientos, y las conductas). Es muy interesante reconocer la interrelación entre la emoción de culpa y los pensamientos culposos, y cómo las conductas realizadas de forma mecánica para compensar esa culpa, algunas de ellas incluso poco esperables, probablemente mantendrán ese tipo de sentimientos y pensamientos.

Aunque el trabajo con el cuerpo no es algo central en el caso de la emoción de culpa, sí que puede ayudar a gestionar la tensión y el malestar generado por dicha emoción. Cuando la culpa va asociada a la tristeza o la ira, todavía es más recomendable ese trabajo a nivel físico. Para ello se pueden utilizar muchas técnicas corporales que ya he citado en otros artículos de este Blog, como son la respiración, el yoga, el ejercicio físico, etc.

En cuanto al componente emocional, lo primero es llegar a reconocer y aceptar la emoción de culpa, y luego distinguir entre la parte real y fantaseada de esa emoción.  Por ello, el trabajo con el conflicto subyacente, si lo hubiera, será un paso clave en la resolución de la culpa. Recordemos que todo acto de lucidez irá resolviendo ese conflicto y conllevará un cambio de actitudes.

Cuando es necesario, los comportamientos reparatorios (por ejemplo, pedir perdón, compensar por el daño realizado, etc.) funcionan como mediadores entre esta emoción y el perdón a uno mismo. Y ese perdonarse a uno mismo, por los actos, pensamientos y sentimientos que deriven en los sentimientos de culpa, se conecta también con la autoaceptación y autocompasión como seres imperfectos que somos (que sería el primer paso para llegar a la aceptación y la compasión por los otros). Para ello, además del trabajo emocional, las técnicas de mindfulness centradas en la compasión también pueden ser de gran ayuda.

En cuanto a los pensamientos, debemos tener presente que lo que origina una emoción determinada es precisamente la existencia de un pensamiento rígido, exigente y condenatorio sobre uno mismo o los demás. Así, los significados subjetivos que hemos venido dando a nuestras experiencias tienen también una importancia central a la hora de entender la emoción de culpa. Por ello, trabajar con ese tipo de pensamientos es clave en su gestión.

Cuando una persona se siente culpable realmente hay dos aspectos de uno mismo presentes en esa emoción: el “yo culpabilizador” y el “yo culpado”. El problema de esa persona que siente culpa es que no es capaz de ponerse en los zapatos del “yo culpado” y así llegar a integrar ambos aspectos de una forma que le permita superar el conflicto que tiene. No logra cumplir con ciertos estándares importantes para ella haciendo que su “yo culpabilizador” pueda ser más flexible y, sobre todo, menos acusador del deseo del “yo culpado”. Por esta razón, es conveniente abordar esos dos aspectos de la culpa.

A nivel cognitivo, el claro discernimiento de los límites también es un aspecto importante para superar la culpa, por ejemplo, como ya he comentado, aprendiendo a distinguir entre “culpa” y “responsabilidad”, “ser” y “hacer”, “error” y “fracaso”, “exigencia” y “excelencia”, etc.

En cuanto a las conductas, es central cambiar los hábitos que uno pueda tener como consecuencia de los sentimientos de culpa, los comportamientos mecánicos que hacen que esa emoción se mantenga activa, y así, por ejemplo, es importante abandonar ciertos rituales y lograr dejar un espacio saludable, demorar o decir “no” en ciertas ocasiones sin sentirse culpable. En otros casos, sin embargo, el hacerse responsable de aquello que a uno le toca, lograr pedir perdón y cambiar ciertas actitudes, son elementos esenciales para la resolución del conflicto existente y los sentimientos de culpa.

En Humano Development sabemos acompañarte en la gestión de tus emociones. Contáctanos y cuéntanos que necesitas. 

En nuestro Blog también puedes encontrar otros artículos interesantes relacionados con las emociones, la ansiedad o el estrés, por ejemplo:

Cómo gestionar la emoción de tristeza

Cómo gestionar la emoción de ira

Cómo gestionar la emoción de miedo

Lo que hay detrás de las emociones

 

 

 

 

 

 

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