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Cuando comenzamos un proceso con nuestros clientes es corriente, por ejemplo, que aparezcan sentimientos de error o fracaso ante situaciones que hasta ahora no han podido cambiar o al hablar de ciertos retos o proyectos que no llegaron a buen fin en el pasado. Pero muchas veces lo que más les lastima no son los hechos en sí mismos sino los juicios que realizan sobre esos hechos. Porque ¿qué es un fracaso?, ¿y qué es un éxito?. Realmente de lo que nos están hablando es de la manera que ven el mundo y a sí mismos, cuáles son sus creencias, sus estándares y sus valores.

El que veamos los errores como fracasos tiene unas consecuencias muy importantes, pues no dejamos espacio para el aprendizaje, el cambio y la creatividad, y muchas veces nos instalamos en el miedo y en el inmovilismo. Pues lo cierto es que nadie alcanza un resultado positivo sin haber cometido errores, y llegar a aceptarlos es una parte fundamental del proceso, así como una oportunidad para crecer y mejorar.

Ver los errores como fracasos tiene mucho que ver con nuestro nivel de autoexigencia. Y como todos sabemos la exigencia es muy distinta a la excelencia. Mientras la primera supone exigirse a uno mismo unos determinados resultados, la segunda consiste en prestar atención a las cosas para hacerlas lo mejor posible, utilizando para ello nuestras mejores capacidades. Eso no quiere decir que actuando desde la excelencia no pretendamos conseguir un buen resultado, pero no dejamos que el resultado nos impida vivir y disfrutar del proceso. La exigencia vincula el resultado con lo que uno “es”, mientras que la excelencia tiene que ver con lo que uno “está siendo” y con lo que uno “está haciendo”, es decir, con dar lo mejor de uno mismo en cada momento. La exigencia no acepta el error, mientras que la excelencia si lo hace.

Porque una cosa es lo que “hacemos” y otra cosa es lo que “somos”, y no diferenciar ambas cosas nos lleva también a confundir el “error” con el “fracaso”. Además, no es lo mismo “no hacer” algo en un momento dado que no tener la posibilidad de hacerlo nunca. Por eso deberíamos fijarnos más en lo que “hacemos” o “podemos hacer” (o no hacer) en cada momento, y no en lo que “creemos que somos o no somos”.

En muchas ocasiones nuestra mente nos condiciona como vemos el presente o el futuro por lo que vivimos e interpretamos en el pasado. Lo curioso es que al verlo así estamos favoreciendo que realmente ocurra, pues nuestro comportamiento lo acaba provocando. Es lo que llamamos “la profecía autocumplida”. De ahí la importancia de verse menos influido por el pasado, viviendo más en el aquí y ahora, y poniendo los medios para que las cosas puedan suceder.

Las personas atribuimos los resultados de una acción a las características de las situaciones, a las cualidades que creemos poseer o bien a aquellas que vemos en otras personas. Este tipo de atribuciones o inferencias que realizamos tiene consecuencias, no solo en el presente sino también en nuestras conductas futuras, en función de los resultados obtenidos, pudiendo ser estas consecuencias de tipo afectivo, cognitivo o motivacional.

Se sabe que hay tres tipos de dimensiones fundamentales a la hora de explicar un resultado: si la causa es interna o externa, si es estable o inestable y el grado de controlabilidad que posee la persona para modificar las consecuencias.

Si una persona cuando no consigue algo en su vida, un objetivo que se ha propuesto, lo atribuye a causas internas (véase, su falta de capacidad o de motivación), estables (que no cambian) e incontrolables (no puede hacer nada para que los resultados sean diferentes), es muy probable que su motivación para llevar a cabo una conducta similar en el futuro se vea muy mermada. Su autoestima se verá dañada, y anticipará errores o fracasos. Sin embargo, si la persona acierta o tiene éxito en la consecución de un objetivo y lo atribuye a causas internas (por ejemplo, su capacidad), estables y controlables (su esfuerzo), será muy probable que su motivación para realizar una conducta similar en el futuro sea elevada, teniendo así altas expectativas de éxito que le proporcionarán energía y le ayudarán a conseguir sus objetivos.

Por tanto, dependiendo cómo pensemos los efectos sobre nuestro comportamiento serán diferentes. Y es que, cuando una persona ha establecido las causas de un resultado o de una conducta, ya sea propia o ajena, se producen algunos procesos mentales, cognitivos y emocionales. Los primeros tienen que ver con las expectativas de éxito en situaciones futuras. Los segundos pueden ser de múltiples tipos: ya sea en las emociones, el grado de autoestima o la motivación que se experimentan.

Y es que esas atribuciones que realizamos se relacionan con ciertas emociones y sentimientos (ira, miedo, culpa, vergüenza, orgullo, confianza, desconfianza, esperanza, desesperanza…). Así, por ejemplo, si el éxito se percibe como debido a la ayuda de otras personas producirá gratitud, si el fracaso es percibido como debido a otras personas producirá ira, si el éxito se percibe cómo debido al esfuerzo personal producirá orgullo, y si se percibe como debido a la falta de esfuerzo producirá culpa. Y a su vez, algunas emociones están muy relacionadas con la autoestima y la motivación, variables fundamentales para persistir en el logro de ciertos objetivos.

Además, las expectativas previas que tenemos influyen en las atribuciones de éxito o fracaso que se realizan. Por ejemplo, si la expectativa previa de éxito era alta, por haber tenido éxito anteriormente muchas veces, el fracaso es considerado como inestable y la expectativa futura de éxito seguirá siendo alta. Por otro lado, si las causas se perciben como estables producirán mayores cambios en las expectativas que si las causas fueran percibidas como inestables. Y normalmente se responde a los resultados esperados haciendo atribuciones internas y ante los inesperados haciendo atribuciones externas. Por ello, saber gestionar nuestras expectativas es una parte importante de todo el proceso.

Lo que queremos decir con todo esto es que muchas veces nuestros avances (o falta de avances) dependen de cómo pensemos y el tipo de explicaciones que nos demos ante nuestras acciones y aquello que ocurre.

En Humano Development nos gusta mucho una frase de Schopenhauer: “El destino baraja las cartas, pero nosotros las jugamos”. Cuando nos encontramos ante un reto o problema, ya sea personal o profesional, muchas veces es preciso cambiar la forma en que miramos, pensamos y hacemos las cosas para que, con las cartas que tenemos sobre la mesa, se puedan producir los cambios que necesitamos. Y para que se produzcan esos cambios es necesario poder confiar y estar abierto a cambiar uno mismo. Sin confianza nada es posible.

 

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